1 1 1 1 1 Rating 4.20 (5 Votes)

Wojciech Jamroziak habla con Stanisław Lem


Stanislaw LemWojciech Jamroziak: Querría preguntarle sobre su biografía intelectual y sobre cómo definiría su estatus de escritor. Generalmente se le considera sobre todo como autor de relatos y novelas de ciencia ficción. Sin embargo, empezó su trayectoria literaria como poeta, escribió la original novela policíaca La investigación, la novela autobiográfica El castillo alto, una cosa universal llamada Summa Technologiae, las disertaciones Filozofia przypadku (Filosofía de la casualidad) y Fantastyka i futurologia (Literatura fantástica y futurología), un tomo de reseñas críticas de libros inexistentes...

Stanisław Lem: En principio no me interesan los problemas de clasificación como este — ¿qué tipo de escritor soy? Simplemente, igual que ninguno de nosotros a lo largo de su vida se plantea si es mamífero, pertenece al grupo de vertebrados, a tal y tal subclase, del mismo modo hago yo lo que me interesa desde hace mucho tiempo. Sin duda alguna — esta es mi opinión — mi desarrollo fue lento. Mientras escribía, aprendía cosas. La insuficiencia de lo que hacía y diferentes circunstancias de carácter puramente práctico hicieron que mis intereses se desarrollaran haciendo eses.

Me interesé por la literatura fantástica — por motivos comprensibles — y tenía curiosidad por ver cómo es este género. En los años cincuenta estuvimos apartados de la literatura occidental de este tipo. Cuando, con poca información respecto a la producción general intentaba escribir cosas, tampoco existían monografías del género. Empecé a buscar respuestas a las preguntas básicas de la teoría de la literatura que me interesaban. En aquél entonces leí y estudié a Ingarden. Tenía la sensación de que era una especie de Robinson. Como él, con pocas herramientas me tuve que abrir campo para una actividad muy sistemática, cuyo carácter desconocía. Lo que hacía no estaba planificado ni inventado de una forma especulativa con intención de lucro y, menos aún, literario.

De este modo al principio, en 1957,publiqué Dialogi (Diálogos) — una cosa sobre cibernética, la primera después del periodo en el cual aquí no se hablaba de cibernética. Era natural que me interesaran las perspectivas de su desarrollo. Después, en 1964, vino Summa Technologiae. En aquella época todavía no existía la noción de "futurología". Luego vino el asunto de la teoría de la literatura, porque es imposible escribir sobre la ciencia ficción, o sea, construir la segunda y tercera planta sin tener la cimentación y la planta baja.

¿Qué es la literatura?, ¿qué es una obra literaria? — de allí Filozofia przypadku (Filosofía de la casualidad”. Me llevó a los arrabales de la teoría de la cultura. Hace dos años publiqué Fantastyka i futurologia (Literatura fantástica y Futurología), ahora estoy preparando su segunda edición, en la cual dedico más espacio al tema de la crisis, tan discutido en la actualidad. Viéndolo desde el punto de vista sincrónico, es todo bastante caótico. Pero veo al mismo tiempo que procedí como alguien que se apodera de una casa abandonada, o de un sistema complicado de espacios, y recorriéndolos por aquí y por allá construye un todo más o menos razonable. Pero la pregunta si soy más escritor o más teórico no me la he planteado nunca porque no lleva a nada en concreto.

Se puede decir que le inspira la ciencia, sus problemas y logros. ¿Cuál es la relación entre la ciencia y la literatura en su narrativa?

Me acompaña el mismo miedo que aterra a todos los escritores, de que en algún momento la fuente de mi inspiración literaria quede vacía, sobre todo porque no me gusta volver a los asuntos una vez considerados, retocar temas ya trabajados, enfoques ya utilizados. Mi primera ambición consiste en no volver, no reiterarme, por ejemplo no adaptar obras propias para guiones de televisión.

 

En cuanto a las fuentes de inspiración puedo decir que son fruto de la confrontación de ideas que saco de las lecturas científicas. Por supuesto esto no sucede de forma directa. Las ideas me vienen a la mente con un elemento de sorpresa, a lo que más se parece quizá es al modo en que soñamos con diferentes cosas. Nadie sabe decir por qué soñó anoche con esta cosa y no con la otra. Considero que un concepto puede crear un espacio de posibilidades, pero estas posibilidades no determinan de ningún modo el hilo argumental. La narración se puede cortar en todos los planos y direcciones. Igual que el estilo, estilística, el modo narrativo— todo esto se puede probar. Yo no sé configurar estas cosas desde el principio, tengo que escribir una cosa multitud de veces, rechazando diferentes versiones, hasta llegar a una que me satisfaga, o noto que estoy ya cansado de este juego y no voy a sacarle nada más. Con los años me iba subiendo el listón. Lo que antes editaba después de un par de ejercicios narrativos hoy ya no me contenta, con muchas ganas dejaría caer una u otra cosa en el olvido. Aquí hay un problema bastante complejo, muy común en la literatura: ¿Tiene el escritor el derecho a volver a los libros con los que no está contento y reescribirlos? Tengo serias dudas al respecto, no tanto de naturaleza de taller sino moral. Por supuesto uno puede condenar el libro al olvido, que se convierta en patrimonio de bibliógrafos.

Es decir, en la literatura no se puede reparar nada.

- ... esto. Imagínese que Conrad pudo estar insatisfecho con Lord Jim, lo reescribió y ahora tenemos dos versiones diferentes. ¿Qué hacemos con ellas? ¿Podrá el escritor anular la primera versión? Para mí es como borrar una parte de la propia vida. Y esto no se puede hacer, ya sucedió. Así que si reedito algo, mantengo la forma original...

¿Está de acuerdo con la tesis de que escribiendo sobre el futuro, en el fondo piensa en el presente, que la visión del futuro a menudo no es más que un decorado?

Tiene que haber bastante razón en ello. Pero no me gustaría determinar estas cosas. En primer lugar, la opinión del autor sobre su obra no es lo más importante. Tiene importancia para los investigadores que se ocupan del curriculum vitae del escritor, pero no es una instancia decisiva. En segundo lugar, de acuerdo con mis convicciones teóricas, lo que quería el escritor no importa en absoluto. Sus intenciones no cuentan, cuenta la recepción social de la obra. Son cosas ya conocidas — son las palabras de Norwid de que en casa de las generaciones futuras uno no habita los cuartos que se haya escogido en vida.

Las referencias a la contemporaneidad pueden ser más o menos claras. Para mí mismo los libros que escribí cambian. Las fábulas ingenuas y parábolas del Sésamo hace tiempo parecían un "Mane, Tekel, Fares" amenazador. Ahora es lo más trivial del mundo. Si un libro ha de estar vivo, los valores en los cuales está fundado tienen que cambiar. Un libro puede tener varios círculos de destinatarios. Para unos puede ser una parábola sobre el presente, para otros perderá estas referencias. Para los lectores de Verne un viaje a la luna era algo estremecedor. Para nosotros ya no lo es. A nosotros en los libros de Verne nos hechiza ya solamente la narración, lineal, ingenua, ligeramente anticuada. O sea, la tonalidad de la obra ha cambiado. También puede suceder que el libro se vuelva ilegible, y este es el futuro de la mayoría.

Ha mencionado a sus lectores. Pero, ¿quiénes son? El lector de Obłok Magellana (La nube de Magallanes) y el de Filozofia przypadku (Filosofía de la casualidad) es el mismo lector?

Me doy cuenta muy bien de las molestias que he causado y sigo causando a mis lectores. Precisamente porque cambio de diapasón y del nivel de dificultad de mis obras. Mi ambición consistía en escribir siempre en el mismo nivel. Pero esto no se puede mantener. Simplemente, porque yo mismo cambio. He llegado a una conclusión bastante optimista de que el lector que compra mis libros es más sensato de lo que uno puede pensar, que incluso si no llega a comprenderlo todo, espero que mi compromiso con la problemática le anime y le enganche en la lectura.

¿Cómo se puede explicar el hecho de que con tanto gusto, sobre todo en la última época, utiliza el estilo del grotesco?

Me di cuenta en la práctica de que el grotesco aún no estaba utilizado, que es un espacio de posibilidades en el cual todavía se pueden hacer bastantes cosas.

El grotesco en la literatura fantástica (en nuestro siglo) aparece con poca frecuencia. Mis primeros grotescos son las Fábulas de robots, allí jugaba tímidamente con la creación de palabras. Después de escribir Ciberíada solté las riendas. Muchas veces actúo en contra de mi propio interés, porque traducirme a mí como autor de neologismos, sobre todo en el grupo de lenguas anglosajonas, no es una cosa fácil. Lo sé porque me contactan los traductores. Pero qué les vamos a hacer, soy un escritor polaco y no me puedo preocupar por los problemas de los ingleses.

El grotesco parece un género muy resistente al paso del tiempo. La primera película fantástica realizada en el estilo grotesco por Georges Melies — "Viaje a la luna" sorprendentemente no ha envejecido.

No sé explicar cómo es posible que lo que se produjo en la época de la película muda, primitiva desde el punto de vista técnico, ha perecido, mientras que por ejemplo Chaplin sigue vivo. La cosa está en que la perdurabilidad no se puede planificar. El cálculo pragmático y ordinario no da ningún resultado.

Hay también otra cosa — para mí difícil y problemática. Descubrí en mí la habilidad de barajar las palabras, y los neologismos aplicados en el grotesco dan muy buenos resultados. En cambio su aplicación en la literatura seria es muy peligrosa. Últimamente estoy precisamente intentando hacer una cosa arriesgada. Escribo relatos—diciéndolo me doy cuenta del riesgo que asumo porque puede que no consiga nada — donde intento aumentar el nivel de vaguedad, introduciendo en el curso normal de la narrativa palabras que no significan nada, que solamente imitan las palabras polacas, justamente para evitar ciertas determinaciones. Y me doy cuenta de lo terriblemente difícil que es mantener un tono serio. Sin embargo intento hacerlo, porque nunca lo había hecho y tampoco he encontrado a nadie, en ninguna época, que lo hiciera de forma sistemática. Pienso de esta forma: si tenemos un texto, parcialmente serio en el fondo, y parcialmente humorístico o grotesco, al volverse anacrónico, la frontera entre lo serio y lo grotesco se desplazará. Tal vez, lo que el autor consideraba gracioso dejará de ser gracioso, y lo que el autor escribía en serio empezará a ser gracioso; sin embargo, el aura burlona en relación con los asuntos descritos permanecerá y podrá perdurar. Pero esto es solamente una vaga suposición, basada en la observación de algunas respetables obras o películas.

Volviendo a las cuestiones lingüísticas, querría preguntarle cuál es la función de arcaísmos en su obra. Alguien dijo que los arcaísmos en sus libros tienen la función de sustituto del lenguaje del futuro.

La primera cuestión: por supuesto no se trata de arcaísmos auténticos. En cuanto a su utilidad pragmática, ¿han de anticipar un futuro desconocido? Nunca me lo he planteado de esta forma. Simplemente el curso de la historia que relataba evocaba la necesidad de crear un universo autónomo. Tanto el lenguaje coloquial como un idioma inventado de nombres greco-latinos, apilados de forma artificial, sonarían falso. Me estoy preguntando hasta dónde se puede llegar siguiendo esta dirección y hasta qué punto la formación de palabras y el grotesco están ligados uno con otro. Como suele suceder en las épocas de ocaso, hay cosas que no se pueden decir en serio, uno solamente puede burlarse y mofarse de algo, o utilizar como herramienta de expresión la burla y la mofa.


Ha demostrado que un género tan popular como la ciencia ficción puede servir como punto de partida para analizar problemas profundos y poco banales. La tendencia a ennoblecer la ciencia ficción mediante la ampliación de la capacidad del género ¿es un fenómeno generalizado en la literatura?

Desde el punto de vista práctico sigue siendo una literatura de baja calidad. Cuanto más la conozco, más profunda es mi frustración o depresión debida a la infeliz monotonía y el analfabetismo farfullador, muy típicos en este género. Por supuesto, hay unos cuantos nombres dignos de atención, como por ejemplo Koestler, pero son autores bien acomodados en las llamadas bellas letras que, haciendo experimentos de todo tipo, se adentran también en esta provincia, y luego regresan a la literatura “normal”. Jamás me he encontrado con la idea (¡y me parece tan obvia!) de que si el mundo va evolucionando y este cambio de mirar principalmente hacia el pasado histórico a mirar principalmente hacia el futuro es un hecho global, la literatura debería no solamente asistir a este proceso, sino también tomar autónomamente decisiones creativas que lo reflejen. Y solamente sueño con que haya más gente que entienda esto – obviamente en primer lugar en Polonia— y que se ocupen de esta literatura, sin detenerse en las barreras y tabiques de clasificación de géneros y tipos. El carácter secundario del género se percibe también en la calidad de las disputas que despierta: si algo es una fantasía "pura", fantasía fabulística, alegórica, o si es fantasía "científica" y ¿hasta qué punto científica? Todo esto es pura escolástica. La cuestión de esta clasificación es totalmente fútil. Se trata más bien de echar un vistazo a la totalidad de la creación literaria de hoy y de ver que la llamada literatura de ciencia-ficción aún puede abarcar bastante, investigar cuál es su capacidad de carga problemática y artística, qué se puede con este barro –porque sigue siendo barro— modelar. Es lo que me ocupa. Vivo con la sensación de que aunque tuviera tantos años de creación literaria por delante cuantos tengo atrás, no aprovecharía ni una milésima parte de las posibilidades que brinda la literatura fantástica. Mi actividad, también in partibus infidelium — ya que publico igualmente en revistas extranjeras — siempre tenía un carácter un tanto apostólico (aunque no veo ningún resultado positivo). Esta actividad también tiene elementos humorísticos: me doy cuenta de que un género, una vez consolidado y con sus lectores, es muy difícil de cambiar. Y los lectores desean que este género sea interesante, divertido y bastante ligero.

En la conciencia común se ha consolidado la convicción de que existen dos modelos de novela de ciencia ficción: el de Verne, optimista, y la versión contemporánea de este modelo, pesimista. ¿Lo considera una división razonable?

A día de hoy tenemos dos posibilidades: una es escaparse con la literatura fantástica en otra dirección, por ejemplo, ponerse a contar cuentos ,y es lo que hace la ciencia ficción americana que en los años cincuenta se ocupaba de ordenadores, robots, etc., y ahora se dedica sobre todo a fábulas mágicas, magos, monarcas en otros planetas o hechicería. Simplemente siguen evadiéndose, sólo que en el espacio al cual se evadían antes – el de sus ordenadores inventados – ya han aparecido ordenadores reales; y como no quieren tener nada que ver con ellos, intentan huir más lejos; ahora han encontrado el asilo en los asuntos legendario-míticos, y no los de carácter kafkiano con un fuerte vínculo con la problemática filosófica del ser humano; no, ellos crean un mundo mítico cerrado como una bola de cristal. Puede ser amenazador, pero es una amenaza inofensiva. Muchas cuestiones, antes fantásticas, han entrado en el campo de visión de gobiernos y estados, y solo por costumbre se siguen llamando a veces de ciencia ficción. O sea (y esta es la segunda opción) si alguien quiere escribir hoy una novela de ciencia ficción y no quiere actuar de forma escapista, tiene que enfrentarse con los problemas que todavía no se han materializado, pero sobre los cuales todos los especialistas dicen que se acercan. Por supuesto Verne no trabajó bajo este tipo de presión. Estuvo solo, su recepción social fue diferente. Fue un juego, puede que fuera en serio, pero no fue más que un juego. Mientras que las cosas de las que acabo de hablar no son una diversión sino la cuestión del porvenir de nuestra civilización.

Y usted, ¿se inclina hacia la versión optimista o la pesimista?

Me gustaría ser optimista y por supuesto hay cosas que permiten albergar cierto optimismo, aunque tampoco muchas.

Por lo general soy, según mi propia valoración, de una naturaleza enraizada en la tradición de la escritura realista. No sé, no quiero, no puedo escribir cosas inventadas, triviales, que no analicen problemas, sino que sean un juego de imaginación sin referencias a los asuntos presentes ni futuros. Hay un escritor considerado excelente, editado también en Polonia, Tolkien, que escribió un tocho sobre los elfos, inventó un país imaginario. Tengo que decir que me duermo con este libro, me importa un pito. Este tipo de fantasías las admito únicamente en su forma auténtica: fábulas populares, el folclore, los cuentos de “Las mil y una noches", o los viajes de Simbad. No soy capaz de crear fantasías sin peso problemático propio. Por eso tengo que permanecer fiel al zeitgeist, que está lleno de contradicciones. Por un lado escuchamos las profecías catastróficas de tal o cual futurólogo, por el otro, personas razonables nos dicen que no es la primera vez que se predice el fin del mundo. Es muy fácil acabar centrándose en uno mismo, caer en el sibaritismo intelectual, en “de algún modo las cosas se arreglarán.” No le conviene pensar de esta forma a un racionalista, materialista, al hombre que intenta razonar históricamente. Tampoco uno puede pensar como hasta hace poco se pensaba: es asunto de las generaciones futuras, que se preocupen ellos.

No sabría decir de forma inequívoca si soy pesimista u optimista, creo que esto depende de muchísimos factores. En general, la mayoría de los escritores que tratan asuntos de problemática general, con los años, pasando el umbral de los cuarenta, luego de los cincuenta, van perdiendo el optimismo (por supuesto, no es una regla general). Esto se puede observar sobre todo en caso de los grandes humoristas que siguen siendo grandes humoristas hasta la muerte, pero su humor se empapa de ácido sulfúrico. Puede ser que los factores filosófico-sociológicos confluyan con los psicobiológicos.

Querría preguntarle sobre los límites de la ciencia ficción, ¿hasta qué punto convergen con los límites de la futurología?

En "Los viajes de Gulliver" el narrador se burla de la Academia, donde han construido una máquina para fabricar sabidurías mediante la manipulación de dados con sílabas escritas. Swift lo trató como un disparate, pero desde el punto de vista de la teoría de la información moderna, informática y teoría de ordenadores, la idea no es tan tonta como parecía. Swift trató como absurdo ejemplar algo que a día de hoy ya no lo es. Suele pasar que medio en broma me atrevo a decir cosas que no puedo pronunciar como concepciones serias, en un libro respetable o en un discurso. Es una especie de prerrogativa de los escritores de ciencia ficción. Un futurólogo no puede decir que predice el futuro, pero no totalmente en serio. Debido a que solamente dispone de la modalidad de expresión asertoria, tiene que hablar de lo que cree que va a suceder, y no constatar: ahora voy a contar unos chistes y quien quiera los puede tomar por profecías. En la ciencia o se dicen ciertas cosas en serio, o deja de ser ciencia. La literatura en general y la fantástica en particular está en una mejor situación, porque las ideas se pueden expresar de forma ambigua, difícil de desacreditar. La ironía ayudó a Mann a decir cosas que habría sido muy difícil decir en serio.

Me viene tal reflexión: el hecho de que la ciencia desista de formular una general — como lo pone en Summa Technologiae — “teoría de todo” y se concentre en investigaciones pormenorizadas implica que la formulación de la “teoría general de todo” recae en la literatura...

Me encantaría, como a la mayoría de la gente, que existieran verdades inalterables, que no todo se erosionase con el transcurso del tiempo histórico, que existieran ciertas afirmaciones eternamente válidas, aunque fuera en el ámbito de valores morales, primarios, etc. Esto se puede decir de forma resumida: deseo lo Absoluto. Pero a la vez tengo la convicción profunda de que lo Absoluto no existe, de que todo es histórico y de que es imposible separarse de la historia. Entiendo que esta sed, este deseo de eternidad es insaciable e irrealizable. Aquí también hay una contradicción. Deseamos una cosa, pero tenemos la otra, la primera pertenece al alma y al corazón, sobre la otra nos instruye la razón y la experiencia vital, histórica. No hay forma de unir lo uno con lo otro. Nos ha tocado vivir en los tiempos en los que esta alterabilidad se intensifica todavía más.


Tengo que decir que las palabras de Conrad sobre la rendición de justicia al mundo visible me parecen dignas de máxima consideración y me gustaría que esta tradición perdure en el arte. Algunos dirán que a día de hoy esto es imposible. Puede que mi posición sea del lado de los “vencidos”, pero intento actuar de forma que me permita conservar la fe en estas palabras de Conrad, que no sean palabras en vano. Si no se puede rendir justicia al mundo, por lo menos hay que intentar comprenderlo. Es lo primero. Si uno quiere rendir justicia, quiere juzgar, lo que implica que quiere conocer la causa del proceso judicial. Hay que entender, pues, lo que dicen las partes. Si uno no comprende a las partes, no se puede hablar de rendir justicia. La carrera para comprender el mundo, en mi caso relacionada profesionalmente con la digestión de cantidades cada vez más grandes de información científica, me llevará sin falta al fracaso. Es imposible mantenerse en un nivel decente de información, uno siempre pierde, no porque en algún momento vaya a morir sino porque el ritmo de incremento del conocimiento es cada vez mayor. Es mi problema profesional. Me veo cada vez más abrumado por el exceso de información que he dirigido hacia mí considerándola necesaria para mi creación. Me encuentro en una posición perdida, pero es la forma de perder en la lucha por “alcanzar lo Absoluto". Reconozco que a fin de cuentas es la cuestión de mi curiosidad por el mundo, de verdad me intereso por el futuro, por cómo la humanidad vencerá sus peores problemas, si los vence. Pero la experiencia me enseña que todo sucede de forma inesperada y temo que esto concierne también a la futurología. Hay muchos problemas importantísimos para la humanidad que según mis posibilidades no se pueden tratar en la narrativa. No todo lo que puedo llegar a saber se deja incorporar en la literatura.

La entrevista apareció en la edición de la revista "Nurt" del año 1972 dedicada a la obra de Stanisław Lem.